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China

29 Jun

Describir a todo un país es casi imposible, sobretodo si se habla de uno de los más grandes y el más poblado del mundo, uno con muchísimas cosas increíbles y una cultura muy rica con miles de años de historia. Pero contar una experiencia de un poco menos de un mes por parte de un occidental, en cambio, es provechoso.

Llegué a Pekín, junto a mis padres, sabiendo decir dos palabras en mandarín: Nihao (hola) y xiexié (gracias), pensando que aunque la comunicación sería difícil, probablemente habría varios chinos que supieran inglés. Error de novato. No había prácticamente nadie que hablara, ni siquiera que entendiera tan solo un poco de inglés. Esto nos dejó impactados, especialmente a mi padrastro, y aunque Tiananmén y la Ciudad Prohibida nos dejaron impactados: construcciones enormes con plazas grandísimas y templos magníficos, el cambio era duro. El hostal en el que nos quedamos era patético, el encargado no hablaba inglés, los baños estaban sucios y nos tocó compartir cuarto con un par de chinos, pero sobrevivimos por tres noches ahí.

Pekín es enorme, muestra poderío en cada calle, con cuadras grandes, edificios imponentes, mas no altos, templos con puertas de muchos metros, esculturas y torres altas. Pero a la vez los hutongs hacen un contraste curioso, pues son barrios con calles diminutas donde no cabe un carro, en el día desolados, sucios, sin vida; pero por la noche alegres, llenos de gente comiendo, conversando, jugando…

Pero Pekín nos dejaba un sinsabor en la boca. Tal vez la gente, tal vez la comunicación, tal vez el hotel, tal vez la comida, o probablemente todas ellas hacían que no estuviéramos del todo a gusto, aunque yo le intentaba sacar el jugo a cada situación o lugar al que fuéramos. El Templo Lama, el Museo de Confucio, el Nido de pájaro, todos lugares muy chéveres, que valen la pena.

Nos fuimos de Pekín pensando que al volver al final del viaje nos iba a gustar más, pues cada día estábamos un poquito menos desadaptados que el anterior. Y así llegamos a Xian, donde apenas estuvimos un par de días, pero sentimos que alcanzamos a ver lo suficiente. Alquilamos un carro con chofer apenas llegamos, para ir a ver a los Guerreros de Terracota, más de seis mil esculturas de dos metros, cada una diferente del resto, que hacen que una se sienta chiquito e insignificante. Son muchos y muy bien hechos, y aunque la entrada a verlos sea cara, vale mucho la pena pagarla. Ese mismo día, en el carro, fuimos a ver una gran torre y un lindo parque. Por la noche salimos y vimos toda la vida de Xian, viejos jugando, mucha luz, gente comiendo en la calle.

Al otro día recorrimos el pedacito de muralla que hay en el centro de la ciudad, informándonos un poco sobre esta. También recorrimos un par de cuadras llenas de vida, con puesticos de comida alegres, con mucha gente local, muy divertida. Luego nos fuimos al aeropuerto para coger un avión a Guilin.

El hostal allá estuvo mucho mejor, con un gran servicio, un buen cuarto y unos desayunos deliciosos. La “pequeña  ciudad de 5 millones de personas” no me pareció nada del otro mundo. Es cierto que recorrimos muy poco de ella, pero salvo un parque con un par de torres grandiosas, no mucho. Pero el paseo en bote que hicimos por el Río Li sí fue maravilloso. Un paisaje lleno de montañas extrañas, mucho verde, un río lindo y una buena experiencia. Además hicimos otro paseo en bote en este mismo río, pero alrededor de una comunidad “indígena”, que aunque está hecha para el turismo tiene algo de naturalidad.

Shanghai fue maravilloso. Una gran ciudad con edificios altísimos, de formas extravagantes y distintos colores. La vista desde el bund, a cada lado del río, donde se ven los grandes edificios juntos, alumbrando por la noche, es espectacular. Además hay un puente futurista a 15 metros del piso, redondo, junto a varios lujosos centros comerciales y vistas muy buenas. También recorrimos la parte vieja de la ciudad, ya casi toda demolida, el barrio francés, con una arquitectura muy distinta a la china y fuimos al Museo de la seda, donde vimos todo su proceso de manufactura. También estuvimos en el Museo de Shanghai, que nos gustó mucho. Está dividido por pisos entre pinturas, esculturas en bronce y en cerámica, sellos viejos, muebles de las últimas dos dinastías, vestidos, etc.

Fuimos un día a un suburbio a las afueras de la ciudad, que parece un pueblecito, con casas chiquitas, calles pequeñas, un par de plazas, pero hecho también para el turismo. Con un río en la mitad, uno va recorriendo el pueblo parte a pie y parte en bote, viendo sitios turísticos muy bien elaborados: museos de arte chino, casas grandes y antiguas, jardines preciosos, una oficina de correos vieja, una farmacia típica china…

En Shanghai notamos algo que nos sorprendió mucho: los contrastes. Uno camina una cuadra llena de tiendas gomelas y edificios modernos, y llega a otra sucia y descolorida con edificios grandes y viejos de infinitos apartamentos.

Llegamos a Hong Kong pensando que no podría desbancar a Shanghai y, en mi opinión, estuvo muy cerca. Es una ciudad increíble, parte isla, parte continente, como Nueva York, con vistas increíbles de lado y lado, muchas cosas para ver y hacer, lugares para caminar. El primer día estuvimos en el Gran Buda de la isla de Lantau, una construcción altísima de bronce muy bien hecha, que casi todo el día estuvo tapada por la niebla, pero que se dejó ver por un ratico magnífico. Los otros días caminamos la ciudad, estuvimos en Soho, subimos en teleférico al Pico Victoria, desde el que se ve toda la ciudad, caminamos la Avenida de la Estrellas en Kowloon, con una gran vista y donde hay un show de luces, con los edificios modernos alumbrando al son de la música, todos los días a las ocho de la noche.

El último día nos despertamos temprano y fuimos a Macao, una isla con arquitectura portuguesa clásica, muy turística, pero muy agradable. Caminamos todo lo que pudimos: la zona vieja, parques, un museo de arte contemporáneo, algunos casinos, pequeñas calles lindas y más. Y terminamos devolviéndonos a Hong Kong en el último ferry a las 10 y media de la noche.

Volvimos a Pekín con el mismo pensamiento con el que nos habíamos ido, que habría una mejoría, y la hubo. El hostal fue mucho mejor, la ida a la Muralla fue espectacular, hicimos una gran caminata en una zona sin demasiada gente, lo que fue muy placentero. Además estuvimos en el Templo del Cielo y fuimos de compras al Mercado de la seda.

En definitiva fue un gran viaje, con un choque cultural duro, pero a fin de cuentas magnífico. Con buena compañía, comida en general rica, y aunque no nos hicimos amigos de ningún chino, fue divertido convivir con ellos, ver sus costumbres, su forma de ser, su vida diaria. Fue una experiencia maravillosa, interesante, divertida, que recomiendo mucho.

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Publicado por en junio 29, 2015 en Uncategorized

 

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